Hasta el moño de influencers, trendsetters y otras moderneces varias.

Las niñas ya no quieren ser princesas, quieren ser instagrammers, youtubers, influencers... Un nuevo curso quiere darles las claves para profesionalizarlo

Una de mis grandes pasiones es la moda. Compro religiosamente el especial Vogue Colecciones, dedico 10 minutos al día a preparar la ropa que llevaré al día siguiente al trabajo y tengo hasta un cuaderno con recortes de revistas e ideas estéticas varias que se me pasan por la cabeza. Me encanta la moda porque adoro rodearme de cosas bonitas, porque me sube la moral y porque me ayuda a expresar mi personalidad.

Ahora, hay algo que no soporto de este mundo y es la cantidad de gilipollez que lo rodea, en los últimos años exponencialmente potenciada gracias a Instagram. Yo soy la primera que seguía blogs de moda como una posesa, guardando fotos sin parar de conjuntos que me encantaban y que luego reproducía a mi manera con mi armario. Insisto, a mi manera. Porque hoy en día el encanto de ese mundo (si es que alguna vez lo tuvo) se está perdiendo. Ya no importa la ropa que lleves, los conjuntos originales, sino que salgas estupenda en las fotos, filtros y posturas estilosas mediante. Y gracias a eso, lo único que ves es un mismo estilo puesto en la que parece una misma chica clonada hasta la saciedad.

Belen Hostalet en California con Superga

Influencer delgadísima de piel dorada, pelo ondulado con suaves mechas balayage, con un ejército (o novio) detrás dispuesto a hacerle fotos 24 horas al día, en lugares idílicos de casas de colores y playa de aguas cristalinas. Que mira, olé por ellas, si puedes estar la mayor parte del año de vacaciones y lucir tu cuerpo serrano, pues aprovecha y disfruta.

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‘Pero hazme la foto así, natural, que parezca que me estoy desperezando de una siestecita…’

Dicen que la polémica de todo esto radica en que hay supuestas adolescentes que piensan que estos mundos de perfección absoluta son verdad, y en su búsqueda interminable del final del arco iris se pierden a sí mismas. Yo no sé hasta qué punto esto es el principal problema. Creo que la mayoría de la gente con 15 años ya tiene la mente suficientemente desarrollada como para ver a una chica en su morning routine, supuestamente recién levantada, con las ondas hechas y el rímel puesto, y saber que eso muy verdad, pues no es. Porque ni siquiera los ángeles tocados con la dulce gracia de la genética son inmunes al pelo aplastado por la almohada, la boca pastosa y los ojos con legañas.

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Expectativas. Realidad.

Personalmente, creo que el lado oscuro de toda esta vorágine de chapa y pintura radica más en la obsesión que se crea por mostrar al resto de humanoides que nuestro mundo es fantástico y maravilloso, aunque en el fondo todos sepamos que nos cuesta Dios y ayuda aparentarlo. Y ahí lo tienes, un ejército de muchachitas y muchachitos aparentemente perfectos conectados al móvil 24 horas al día, 7 días a la semana. Y no es para menos, porque este negocio mueve una pasta, y al momento en el que consigues una cantidad medianamente significativa de followers, las marcas empiezan a pegarse por enviarte muestras varias o incluso a pagarte un dineral con el simple objetivo de que salgas con tu cara bonita alabando los beneficios de sus productos. Así que, admitámoslo, así visto parece un chollo.

No me malentendáis, me parece estupendo que haya Youtubers contando secretos de belleza, si eso hubiese existido en nuestra adolescencia nos habríamos ahorrado muchos maquillajes de mapache y eyeliners que casi parecían trazados con Rotring.  También me parece ideal que haya chicas que para salir a la calle consideren que necesitan tres capas de base, unos pómulos que ya quisiera Maléfica y unas cejas que parecen dos gatos recostaos’. Cada uno con sus niveles de estética, a ti te puede parecer bonito echarte solo un poco de brillo de labios, a mí me parece más bello financiar en un solo look a MAC, L’Oréal y Maybelline todas juntas, porque me veo guapa y porque soy solidaria. Punto.

Ahora, si en vez de hacerlo porque a ti te gusta lo haces para buscar la admiración del resto de la humanidad, hasta el punto de que tu bienestar y tu autoestima dependan de ello, pues he ahí dónde empiezan los problemas. Porque una cosa es que te guste verte y que te vean guapa, y otra deprimirte porque el hater anónimo de turno hace que sientas que no vales nada. Alimentas el ego a base de ‘me gustas’, creas una imagen perfecta y luego tienes que tener el autoestima disparada para no hundirte cuando un cardo borriquero te ponga de vaca burra para arriba porque en una foto te descuidaste y dejaste ver un gramito de celulitis (ay, la envidia, lo mala que es y la de bocas que alimenta…).

Lo que parecía un mundo inocente de ‘me gustas’ y filtros de colores aguados se ha convertido en una espiral de búsqueda exhausta del reconocimiento ajeno. La nueva generación de consumidores queremos ver todo desde el punto de vista del propio consumidor, con su cámara 4K, su iluminación de farolillos IKEA, sus desayunos macrobióticos, sus workouts y sus tardes de meditación mindfulness. Porque es que vamos a ver, si no tiene todo eso ¿quién se va a creer una palabra de lo que dice esa cantamañanas?

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El aburrimiento como necesidad existencial

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Debido a un problema médico cuyos pormenores no vienen ahora a cuento, he pasado las dos últimas semanas postrada en la cama con el mismo nivel de actividad física que un ficus. Y la verdad, estos momentos de enclaustramiento obligado vienen muy bien para darle al coco y reflexionar sobre los distintos aspectos de la vida.

Vale sí, un tiempo de descanso viene bien, y no solo para recuperarte en salud (principal objetivo en este caso), sino para reconectar contigo mismo y para darte cuenta de lo que realmente merece la pena en esta vida. Pero igualmente, yo las bajas e incluso las vacaciones excesivamente prolongadas las llevo mal. Sé que ya habrá más de uno odiándome por decir esto, pero qué os puedo decir, mi trabajo, sin ser algo que me apasione, tampoco es ninguna tortura, y acabo por echar de menos las comidas con los compañeros, romperme la cabeza con los programas informáticos para obtener lo que yo quiero como yo lo quiero, las discusiones técnicas e inclusos las peticiones intermitentes de mi jefe (que es un amor, y sí, eso ayuda, aunque no siempre fue así como ya os conté aquí). Además, no es lo mismo estar de baja tumbada todo el día como una momia, que estar de vacaciones en la playa tomando el sol o haciéndote fotos con el monumento de turno.

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No es lo mismo, no…

Recuerdo tener una sensación similar durante las vacaciones de mi época estudiantil. En mi familia no tenemos pueblo ni equivalentes, y ni en las épocas de economía más boyante nos hubiésemos podido pasar los tres meses enteros trotando por el mundo. Así que durante ese trimestre vacacional, como muchísimo estábamos 15 días en la playa, 15 días de turisteo, y el resto bien en Madrid, bien en una casa en un pueblo de la sierra en la que mis amigos eran los árboles, y no por falta de población, sino más bien porque nadie en mi familia destaca por sus habilidades sociales (yo incluida).

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Vacaciones. Yupi.

Lo sé, no es para quejarse, hay muchas familias que no pueden permitirse ni irse cuatro días a Benalmádena, pero qué queréis que os diga, yo era llegar finales de agosto y ya moría de ganas por volver al colegio o a la universidad (si queréis terminar de entender la razón de semejante masoquismo, podéis volver a leer sobre mi amada ciudad de periferia aquí).

Y estos días me ha pasado lo mismo. Sigo sin ser capaz de levantarme más de 15 minutos de la cama sin que los cuatro jinetes del apocalipsis vengan a saludar por mis costados, pero me siento mal por estar en casa sin hacer nada. Y cuando ya pensaba que me habían lobotomizado el cerebro, en un momento de aburrimiento supino se me ocurrió buscar por internet cómo hacer flores de papel crepe. Enlace tras enlace, acabé haciéndome cuenta en Pinterest, todo un vicio y una fuente inagotable de inspiración sin el postureo influencer ahí, incordiando. Aunque había alguna cutrez que otra, en general alucinas con las maravillas que hace la gente con esta fiebre del craft (o manualidades de toda la vida, que un día tengo que hacer un post atacando sin escrúpulos la idiotez actual con los anglicismos).

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Yo, descubriendo Pinterest.

Yo siempre he sido una persona muy artística. Me encanta dibujar, pintar, restaurar y tengo todos los sets acabados en “nova” que se fabricaron en los 90. Así que, como mi nivel de movilidad aún no da siquiera para sentarme en una silla y recortar cuatro pétalos de papel pinocho, me hice una lista con todas las ideas que iba cogiendo para futuros proyectos, desde estantes colgantes hasta macetas de croché.

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Tampoco es que tenga intención de dedicar las próximas entradas del blog a contaros en plan niño de Art Attack lo guays que me han quedado mis cajas de palos de helado (y eso que sé que me quedarán chulas, que yo para estas cosas tengo mucho arte, no todo van a ser defectos en esta vida). Entonces ¿a santo de qué os estoy vendiendo este mundo hípster de pinta y colorea? Pues a que me he dado cuenta de que me ha hecho falta una intervención quirúrgica para encontrar huecos en mi vida para hacer cosas que me gustan. Y eso es triste, muy triste.

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Te levantas, te duchas, desayunas cuatro campurrianas con un café, corres al trabajo, revisas emails, vas a reuniones, empiezas a hacer algo productivo a partir de las 11, comes, intentas mantenerte despierto delante del ordenador mientras haces la digestión, sigues trabajando, sales, sacas fuerza de voluntad para dejarte los cuádriceps en una clase de Bodypump, haces la compra, vuelves, pones una lavadora, haces los baños, cenas, ves una serie, lees y te acuestas. Ese es el resumen de mi día a día y el de la mayoría de los solteros de este país. No tengo hijos, tengo pareja pero viviendo a 7000 kilómetros de distancia, ¿y aún así no encuentro tiempo para aprender a bordar? Lo siento, pero no.

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Sí, hago todas esas cosas, subsisto a base de donuts y termino el día así de divina.

Que hoy en día parece que no tenemos energías para nada, y que cuando llegamos a casa reventados lo único que nos apetece es encender el piloto automático con Netflix, y que, aunque el movimiento seriéfilo está muy bien, no estaría de más sacar unos minutitos al día para hacer algo activo con nuestros cuerpos y mentes, ya sea hacer flores de papel o una maqueta del barco de Juan Sebastián Elcano. Irte a acampar a la Pedriza o estudiar por amor al arte esa carrera a distancia de Criminología que CSI clavó en tu mente. Da igual lo que te guste, todos tenemos alguna afición que nos ayuda a relajarnos pensando, a distraernos de los problemas diario activando nuestro cerebro. Y puedo deciros que cuando he podido (o más bien querido) encontrar tiempo para hacer estas cosas, me he dado cuenta de que los descansos productivos al final son más liberadores que pasarme la tarde del sábado viendo telefilms. Para todo hay tiempo en esta vida, y si no lo hay, pues se saca.

Somos unas valkirias

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Me he dado cuenta de que a la gente de mi generación parece que nos encanta el drama. No me molan nada las falacias generalistas, pero creo que en este caso se cumplen bastante. Quizás sea porque estamos hípersensibilizados a base de música instrumental intensa, noches de borrachera prematura y prensa sensacionalista.  Puede que sencillamente nos hayan dado todo demasiado hecho y que cada vez atrasemos más el enfrentamiento con las dificultades reales de la vida, sean las que sean.

Creamos problemas donde no los hay, tildamos de tragedias griegas las cuatro pseudo-crisis por las que hemos pasado en nuestra vida, terminamos discusiones chillando como energúmenos y cerrando puertas con violencia apocalíptica, echándonos a llorar al sofá para luego decidir a los diez minutos “venga va, a dormir, que mañana madrugo”.

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Millenial, después de discutir con su amado sobre la frivolidad de la vida.

A lo mejor soy yo sola la loca, a lo mejor me encanta ir de valkiria por la vida y le echo la culpa a mi contexto socio-cultural por eso de “mal de muchos, consuelo de tontos”, solo que encima en mi caso me creo lista y todo (sí, de ilusión también se vive, chatos).

Lo siento si me estoy volviendo un poco repetitiva, porque de hecho ya os conté en mi anterior post que me desenvuelvo mejor en los problemas reales que en los inventados, solo que hoy en vez de quejarme por ello he decidido hacer algo para cambiar las circunstancias. Porque dentro de mi impulsividad congénita, soy una firme defensora de la capacidad de las personas para mejorar, para identificar nuestros defectos y convertirlos en virtudes, bien cambiándolos o bien aceptándolos, sencillamente.

No es que me suponga un gran problema dejarme llevar por el melodrama de vez en cuando, digamos que no viene mal chillar a la almohada para relajarse. El problema llega cuando, en uno de esos arrebatos, acabas tarifando con todo tu círculo social, te jodes una vida que en el fondo no estaba tan mal, y cuando te quieres dar cuenta, estás hablando sola en medio de un parque dando de comer a las palomas.

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De modo que, ¿qué hacer cuando llegan los nubarrones a enturbiar esa luz y armonía que tan esforzadamente habíamos creado? Y lo más importante, ¿cómo distinguir si realmente esos cumulonimbos son reales, o son más bien señales de humo que te has lanzado a ti mismo por puro aburrimiento?

A estas alturas del blog intuyo que ya os habréis percatado de que soy de esas personas que necesitan hacer listas y mapas de acciones hasta para respirar. Son un intento de ordenar el caos del mundo que, aunque rara vez funcionan, dan mucha paz, y como en el fondo ese es el objetivo de todo este embrollo, y sobre todo, porque más que hacer listas me mola dar consejos que ni yo misma sigo, pues vamos al lío.

    • Paso 1. Distráete. Esto es fundamental. Cuando tu mente entre en bucle pensando en por qué tu novio no te ha escrito desde hace 5 horas, por qué a tu compañero le han ascendido y a ti no o por qué has cumplido 35 palos y no tienes aún una casa propia con plaza de garaje, échale el freno y busca algo que te ponga en modo automático. A mí me ayuda especialmente ir al gimnasio, colorear dibujitos intrincados y ver pelis de terror. Esto último no sé por qué pero funciona bastante bien. Supongo que la angustia ajena hace que te sientas mejor, así de egoístas somos.
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Santa paz…

  • Paso 2: Vete a dormir. Un proverbio irlandés clama que un buen chiste y una buena siesta curan prácticamente todo. Gente maja y sabia, los irlandeses. Entiendo que cuando uno está estresado u obsesionado con algo lo de irse a dormir no es tan fácil, pero esto os lo digo porque a mí al menos la falta de sueño me sienta fatal. La vena tragicómica se me dispara hasta límites insospechados cuando llevo toda la semana durmiendo menos de 7 horas. ¿Nunca has visto a un niño dar por saco cuando se muere de cansancio? Pues eso.

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  • Paso 3. Relaciónate contigo mismo y luego ya si eso prueba con los demás. Aunque quedar con los amigos para echar unas buenas risas puede ser una bella solución a muchos problemas, cuando entramos en crisis aunque sean de duración limitada nos volvemos seres irascibles, egoístas y antipáticos. No quedes con tu novia para desahogarte el día que no te aguantes ni tú, que una cosa es buscar consuelo y otra usar a la gente de saco de boxeo. Tampoco hagas de paño de lágrimas sin sorberte primero tú las tuyas. Créeme, no vas a ayudar a nadie, ni a ti mismo tampoco.

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  • Paso 4. Escribe. Esto ya es algo un poco personal, pero bueno, a mí escribir no solo me relaja sino que me ayuda a ordenar mi mente. Quizás sea porque no podemos escribir tan rápido como pensamos, por lo que es una manera de forzar nuestro cerebro a echar el freno antes de embalarse y salirse de los carriles de la razón. Nada más empezar este blog os confesé que escribo diarios desde tiempos inmemoriales. Y es que llevar un registro histórico de las diversas cagadas que has hecho en la vida ayuda bastante a aprender de ellas.
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Keira, revisitando sus crisis pasadas. 

  • Paso 5: Piensa. Ya tenemos la mente fría. Ya nos hemos distraído, hemos descansado y nos hemos desahogado en puño y letra. ¿Y ahora qué? Pues en la mayoría de los casos, el problema se hace mucho más pequeño o incluso desaparece. Y si no lo hace y sigue ahí dando por saco, pues ah amigo, es entonces cuando sí llega el momento de replantearte empezar a cambiar las cosas que no te gustan: buscar otro trabajo, romper una relación que ya no te aporta nada, cambiarte de ciudad, o cortarte el pelo, qué sé yo. Cada uno se obsesiona con lo que le da la gana.

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El amor todo lo puede… ¿Perdón?

Hoy me he levantado aún más pensativa de lo normal. Para algunas personas eso suena demasiado a eslogan de anuncio de compresas. Así que se levantan, se duchan, se toman un café y disipan sus pensamientos entre atascos o empujones de la gente de camino al trabajo. Continúan con sus vidas sin dar más vistazos atrás y ven agradablemente cómo sus problemas se desvanecen a lo largo de los días porque ni siquiera son eso, problemas. Otros, en cambio, funcionamos de manera distinta. 

Como todos en esta vida, yo he tenido que afrontar diversos inconvenientes en mi existencia que si los observas fríamente, sí han sido problemas reales: familias desquiciadas, crisis económicas, inestabilidades, enfermedades y dolores varios… Pero no es mi intención contaros mis penurias, este sitio no está para llorar, está para reír, que para lo primero siempre hay tiempo, pero para lo segundo hay más ganas. 

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Sencillamente, me ha venido a la cabeza esta reflexión porque de todos esos obstáculos en mi vida sucedidos de forma más o menos periódica, ninguno de ellos ha sido de los que más me han obsesionado, de los que más me han sujetado a la cama. Soy de esas personas que ante la perspectiva de vivir debajo de un puente se ponen a darle vueltas a por qué el caballero de turno no les respondió a la llamada. Quizás el ejemplo se os antoje un poco drástico, pero es bastante representativo de una realidad: proceso mejor los problemas reales que los inventados. Es el colmo de la ineficiencia.

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Pensando en esto me acordé de un llavero que me regaló mi madre unas navidades que llevaba cuatro llaves de bronce representando lo que más quieres tener en tu vida: en una ponía familia, en otra dinero, en otra salud y en otra amor. Sé lo que estáis pensando: qué familia más rácana y más poco original a la hora de hacer regalos. Además de poco práctica, por cierto, porque el llavero pensaba como un condenado. Pero qué queréis que os diga, a mí el detalle me hizo ilusión. Al final acabó relegado en un cajón porque entre las llaves de adorno y las de mi piso, del portal, del buzón y de casa de mis padres parecía un conserje, y el llavero de goma que me dieron en la frutería con forma de calabacín se me antojaba, si bien un poco fálico, bastante más práctico. Pero igualmente, las famosas llaves de bronce me hicieron pensar y llegar a una conclusión que si bien sonará a perogrullo, para mí ha supuesto una revelación divina.

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La mayor parte de las personas que yo he conocido en mi vida tienen un orden de prioridades bastante claro:

  1. Salud. Porque si no la tienes pocas listas de prioridades vas a poder hacer.
  2. Dinero. Porque todos sabemos que no da la felicidad, pero ayudar, ayuda bastante.
  3. Familia. Porque la sangre tira, y mucho.
  4. Amor. Porque será muy bonito, pero estoy segura de que el primero que dijo que el amor todo lo puede ni vivía en este siglo, ni se estaba muriendo, ni tenía muchos problemas económicos.
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Prioridades. Ejemplo práctico.

Quizás sea porque aún no me he encontrado con el típico amor que es tan fuerte que traspasa vallas, suegras, fronteras e hipotecas, pero echando un largo vistazo a mi alrededor me doy cuenta de que no soy la única. He podido ver en primera y segunda persona cómo relaciones que tenían un potencial maravilloso se iban a la mierda porque a uno le mandaban a trabajar al otro lado del océano y no podía (o no quería) perder la oportunidad. Y es que por mucho que Skype nos quiera vender lo contrario pasan tres meses y cuando vuelves a organizar un encuentro parece que en vez de quedar con tu amante vas a visitar a tu prima segunda la de Ponferrada.

He visto matrimonios que se desmoronaban porque una familia odiaba a la otra, porque cuando pasaban los años de pasión y la suegra no terminaba de tragar a la nuera, el hombre defendía a su mamaíta a capa y espada. He visto familias unidas como piñas que luego se desintegraban por repartos de herencias, para luego disimular las caras de vinagre tragando polvorones y chupeteando gambas en reuniones navideñas varias. Y sí, también he visto parejas que se anulan mutuamente y que siguen juntas durante años porque el núcleo ya está hecho. Y eso, perdonad que os diga, llega un momento en que no es amor, es tedio.

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Llamadme cínica, pero yo pienso que el amor no lo puede todo. O sí. ¿Y si el problema no es la relación, sino las prioridades? ¿Y si nos devanamos los sesos preguntándonos qué pudo salir mal, cuando en realidad el problema no éramos nosotros, sino las circunstancias que nos rodeaban? ¿Y si todas nuestras relaciones fallan porque buscamos a personas que tienen maneras distintas de ordenar sus vidas?

Yo soy de esas que nunca reclama multas, ni revisa los tickets, ni compara compañías de electricidad y teléfono para ahorrar. Y no precisamente porque me sobre el dinero, es por pura pereza, por evitar discusiones innecesarias. Por la misma razón, prefiero aguantar un reparto de beneficios injusto a estar peleándome con mi familia. Prefiero tener un sueldo más bajo a irme a trabajar al culo del mundo y no tener tiempo ni gente con quien disfrutar mi dinero. Prefiero vivir de alquiler en una caja de zapatos y permitirme lujos como salir a cenar o comprarme zapatos nuevos a andar comiendo latas de atún para ahorrar para futuros ladrillos. Hay gente que me llama inmadura o inconsciente por esto, y es algo que me revienta. Yo no me meto con tus prioridades porque son tuyas, así que déjame a mí en paz con las mías. 

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El problema es que tiendo a sentir atracción por personas que sienten más bien lo contrario. Será un tema de compensación kármica, no lo sé, pero resulta bastante poco práctico. Para mí el amor es una prioridad en la vida, de las más altas. Y cuando conozco a alguien y todo funciona como la seda, me dejo llevar. Y de repente, llegan los problemas. Trabajos insaciables, distancias insalvables, familias acaparadoras. Yo antepongo el amor a esas cosas porque me parece algo valioso, tremendamente difícil de encontrar, algo a lo que hay que mimar y cuidar con esmero.

Todo eso en teoría suena muy bonito, pero luego, zas, te das cuenta de que la otra persona ve las cosas de un modo diferente. Porque te quiere sí, pero hay otras cosas en su vida que quiere más. Y la ambición, la zona de confort y la tradición pesan mucho. Y es que el problema no eres tú. El problema son las circunstancias que, oh, sorpresa, a veces son más fuertes que tú. Entonces, quizás sea una cuestión de esperar y avanzar, y no conformarte con lo primero que llega, sino pedir, o qué digo, exigir, que la prioridad, esta vez seas tú. Puede que entonces sea cuando el amor sí lo pueda todo.

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Tipos de jefes con los que puedes tener la desgracia de encontrarte.

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Hoy he tenido uno de esos días odiosos e improductivos en el trabajo en los que sientes que el estrés y la desmotivación inundan tu cuerpo. Piensas que en todo el tiempo que llevas trabajando tus esfuerzos no han servido de nada, por más que buscas no ves el progreso y encima, sin haber logrado lo que querías, te sientes tan cansada que es como si un camión te hubiese pasado por encima.

Quiero pensar que este tipo de frustraciones las hemos sentido todos en algún momento de nuestra vida, a veces por puro cansancio, otras por influencia de otros problemas personales o en consecuencia de esa putada maravilla de la naturaleza llamada Síndrome Premenstrual, que a mí al menos me dispara los chakras mensualmente sin que pueda hacer mucho por remediarlo.

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Sin embargo, cuando este abatimiento se convierte en una lacra constante, toca pasar revista a otros aspectos de nuestra vida para averiguar qué leches estamos haciendo tan mal. Y, oh, sorpresa. A veces el problema no eres tú. No quiero dejarme llevar por esa vena inmadura y egoísta que le echa la culpa a los demás por sistema, pero en estos casos suele pasar que la gente con la que trabajas (o estudias, por cierto), influye, y mucho. Yo he tenido épocas en las que amaba a la gente de mi oficina (o al menos no tenía que soportarla de forma constante), e incluso cuando mi tarea era pasar a mano filas y filas de números a un puto Excel, me levantaba cada día más o menos feliz.

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Yo entré en mi empresa en un período bastante, vamos a decir, dinámico, lo cual se ha traducido a un diverso y cambiante número de jefes, compañeros y responsables varios,  algunos de los cuales hicieron que llegara a odiar mi trabajo, incluso cuando en teoría me entusiasmaba.

De modo que, para desahogarnos y hacer frente a la adversidad, vamos a hacer una descripción rápida de los tipos de jefes a los que en algún momento de tu vida tendrás que soportar (los compañeros me los ahorro porque en teoría a estos les puedes mandar a tomar por culo sin que tu salario o tu situación en la empresa se vean afectados):

  • El tocapelotas. Iba a inventarme un pseudónimo más pudoroso, pero el cuerpo me pide (cómo no) liberarme de filtros. Se trata del típico jefe que le saca la puntilla hasta al color del número de diapositiva del PowerPoint. Son seres insaciables que jamás van a estar contentos con lo que haces, ya puedes traerles la luna en una bandeja de platino que igualmente se quejarán porque de lejos brillaba más. Mi consejo es que asientas con la cabeza a sus observaciones mientras piensas en la lista de la compra, que ya sabes que el Fairy y las bolsas de basura siempre se te olvidan.

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  • El incompetente. Haciendo gala de aquel genial refrán español que decía “se mira la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio”, este tipo de gente suele coincidir con el anterior. No hace ni el huevo, pero siempre tiene un momento para criticar a los demás. No tienes ni idea de cómo ha llegado ahí, no es listo, no es organizado, no habla bien, no tiene parientes en las altas esferas y ni siquiera es guapo. Y aun así, ahí está, dispuesto a amargarte la existencia.

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  • El creativo. Dícese de esos seres excéntricos que cambian de modus operandi como de calzoncillos, que cuando has perdido la mitad de la semana en acatar sus últimos deseos, deciden que esa propuesta no sirve para nada y llegan con algo mucho más original (y complicado). Una explicación para esto es que verdaderamente sea una persona ligeramente dispersa y desorganizada. La otra es que te manden materializar las ideas espontáneas que les vienen a la mente con el único objetivo de mantenerte entretenido. Sí, es triste, pero a veces pasa.
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Tu equipo, procesando su última genialidad.

  • El Dos Caras. Una tarde sale de afterwork contigo, te invita a unas cervezas y te dice lo contento que está con tu trabajo y lo lejos que llegarás en la empresa. Al día siguiente en la presentación descarga su resaca en una desproporcionada bronca por haberte equivocado en dos decimales. Cuidadín.

 

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  • El Arturo Fernández. Puede mutar a acosador, o no. Por desgracia y atraso social, estos especímenes los sufrimos fundamentalmente las mujeres, y mucho más a menudo de lo que se piensa. No llega a propasarse de forma excesivamente obvia, pero te dedica miradas constantes, te dice lo guapa que estás en un tono tirando a sádico, te bombardea con mensajes privados por el chat corporativo y hasta se permite ciertos apelativos cariñosos. Aquí ya, bromas aparte, corta de raíz, en serio. Mejor poner la cara colorada una vez que amarilla mil veces.

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  • El inexperto. Suele pasar que con los cambios continuos de plantilla cae alguien en un sitio inapropiado. Quizás sea una cuestión de simple falta de seguridad, el caso es que se sentirá  más perdido en el puesto de dirección que Falete en el NaturHouse. Un día le ayudas con una tabla dinámica del Excel, al día siguiente te verás organizando las vacaciones de verano del resto de la plantilla. Lo malo es que por experiencia propia puedo decir que este tipo de jefes tienen una odiosa vena pacifista, y que antes de intentar convencer al vago de turno que deje el Idealista y la prensa diaria para hacer su trabajo, prefiere mandártelo a ti, que lo harás más rápido y sin rechistar. Cuando te hartes, recuerda, un “NO” así, más o menos camuflado, no viene mal de vez en cuando.

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  • El alma libre. A mí estos me encantan. No saben ni cómo te llamas y las probabilidades de ascender bajo su mando disminuyen exponencialmente, pero su mantra es “hakuna matata, vive y deja vivir”. Si has tenido una temporada reciente de estrés, uno de estos será una bendición caída del cielo.

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Personalmente, yo creo que la manera de lidiar con todo este ramillete de (pseudo-) líderes se resume más o menos en lo mismo: acepta una buena crítica/sugerencia/orden, pero deja que por un oído entre y por otro salga de vez en cuando. Aunque esto es difícil, enseguida se ve de qué pie cojea cada uno, incluyéndonos a nosotros mismos. Siempre es bueno intentar mejorar, esforzándonos e imponiéndonos nuevos retos, pero no puedes dejar que el primer sádico que aparezca por tu vida haga tanta mella en tu valía como profesional. Por supuesto que hay que tragar de vez en cuando, pero uno sabe cuándo ha hecho bien las cosas y cuándo no. Y puede que ningún trabajo o jefe sea perfecto, nosotros tampoco lo somos, pero hay ciertas faltas de respeto que no deben tolerarse, vengan de tu jefe o del Papa de Roma.

A mí me gustan NORMALES

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Hace unos días estaba leyendo un par de artículos del genialísimo blog “Las Claves de Sol” en el que su siempre divertida autora nos especifica un total de 5 tipologías de hombres en los que las mujeres nos fijamos irremediablemente. Y aunque admito que me reí a pierna suelta un buen rato con sus descripciones, lo cierto es que hacía memoria de la lista variopinta de hombres que me han vuelto loca en mis 26 años de existencia y no conseguía encontrar ninguno de los especificados.

Los surferos vale sí, me ponen, pero me aburren de forma casi instantánea. Los elegantes me gustan, pero como quien admira la belleza de un jarrón, no me excitan en absoluto (salvo Don Draper en Mad Men, pero entendemos a esta maravilla de la naturaleza como un prototipo universal).

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Venga mi rey, contigo haremos una excepción.

El salvaje ya no es que no me ponga, es que me asusta, quedaría con él con el número de emergencias ya marcado en el móvil y solo dejaría que me penetrase en una cama con quitamiedos, con dos condones y un traje antiébola, ya puestos. Finalizamos con los bohemios, que me dan una pereza soberana, y los nórdicos, sobre los que baste decir que cuando estuve de Erasmus en Noruega durante un largo año la única carne patria que probé fue el salmón.

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Ufff…

Nuestra querida Sol invirtió sus esfuerzos, y vista la buena acogida que tuvo el primer post, se lanzó con una segunda parte recogiendo otros cinco tipos de tíos con los que saciar nuestra ansia. Porque para gustos los colores… Pues nada, ni por esas. Heterogays, listillos y hasta raritos. Admito que algún caso perdido en mi registro histórico amoroso sí que coincidía, pero vamos, de puritita casualidad. Bueno, y por estadística, que yo hay épocas en las que cambio de enamorado como de bragas, según cómo ande de desesperada.

giphy  -mileniales- Las Razones Por Las Que NO Vuelven A Llamarte Después De La Primera Cita

Sin embargo, eché de menos lo que creo que sí se corresponde con el prototipo de hombre por el que me he sentido multitud de veces atraída: el NORMAL. Y no, no abundan, y es que hoy en día hay tanto espantajo suelto que lo raro es ser corriente y moliente.

Cuando digo normal, no me refiero a que beba los vientos por seres grises e insípidos, sosos como besugos congelados y con cara de funcionario de prisiones. No, me refiero a esas personas modestas, agradables, sin tanto afán por destacar entre las multitudes; aquellas que simplemente son como son y viven en paz consigo mismos y con el resto del mundo. Adorables y, sobre todo, con un encanto oculto que no sale a la luz tan inmediatamente y que solo de pensarlo me provoca una extrema curiosidad (bueno, y otros sentimientos uterinos que quizás ahora mismo se salgan un poco de contexto).

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Jack Lemmon, ejemplo clásico de hombre normal y adorable, sabemos que era más majo que las pesetas solo con mirarlo.

Y quizás soy yo que tengo un imán para los raritos, pero hay que ver lo que me cuesta encontrar seres normales y medianamente estables en mi vida. Vale que todos guardamos en el armario un vestido de folklórica, pero no hay necesidad de sacarlo a la luz tan obvia y rápidamente. A lo largo de mi vida no he hecho más que toparme con hombres histéricos, que gritan o se quedan callados como estatuas, que te debaten hasta de qué color es el cielo o te dicen que sí a absolutamente todo, que beben como cosacos, que odian al resto de la sociedad tanto como se aman a sí mismos.  Incluso en el físico, el típico hombre perfecto, guapísimo y musculado normalmente por un ojo me entra y por otro me sale. Admito su belleza sí, pero enseguida me olvido de ella.

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Representación básica de mi tipo de público, aunque me pese.

Por poneros un ejemplo de mi amor por las personalidades aparentemente anodinas (y digo aparentemente porque insisto, uno de los mayores encantos de esta gente es que siempre tienen algo más por mostrar), hace unos días quedé con un hombre que me había entrado por los ojos nada más verlo. Guapo, pero en su justa medida, encantador, educado, mirada afable… No voy a abrumaros con mis obsesiones amorosas; aunque como ya conté en su momento este blog está inspirado en mis propios diarios personales, todo tiene un límite y las confesiones adolescentes lo sobrepasan de aquí a Lima. Baste decir que fue una de esas noches en las que te sientes taaan relajada que das rienda suelta a tu personalidad y tus encantos, sin filtro ninguno.

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A mí esto me suele jugar una mala pasada. Por alguna razón que aún no me explico la gente se piensa que soy un hongo de buenas a primeras. Y cuando a medida que me conocen se dan cuenta de que no soy una damisela con cara de pánfila que solo sabe asentir y sonreír con la boca callada, sufren dos reacciones: o me aman, o salen corriendo. Y la verdad, después de una serie de conquistas fantasmales que desaparecieron como ninjas en cuanto me di la vuelta (ejemplo aquí) me ha quedado cierto trauma. Es decir, si alguien llega a conocerte como eres y sale huyendo lógicamente no es de esperar que tenga potencial para ser tu futuro cónyuge. Pero poniendo las cartas sobre la mesa y asumiendo que todos somos humanos, ¿cómo de disparada tienes que tener la autoestima para no acabar pensando que quizás el problema lo tienes tú?

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